Un proyecto de educación integral

Orientación y formación individualizada.

Mi vocación personal para éste proyecto

Biólogo, máster en genética y biología del desarrollo y experiencia como formador durante más de quince años.

Durante mi experiencia en la vida, he podido sentir en primera persona multitud de situaciones donde la carencia de una instrucción adecuada o una preparación previa me ha conducido en ocasiones a un resultado negativo o insatisfactorio para mí. No me refiero en este contexto a una preparación estrictamente académica o conceptual, más bien me refiero a una falta de formación en cómo plantear los sucesos, en cómo encajar las negativas, las discrepancias, de cómo anticipar las posibles respuestas o intervenciones ajenas, cómo enfocar y comprender las situaciones, cómo enderezar un hecho que se está torciendo y por encima de todo, cómo asimilar y tolerar las emociones que se desprenden de esta miríada de situaciones que llamamos vida. En definitiva, la carencia de una educación emocional.

Como superdotado, desde pequeño, siempre he tenido fácilmente al alcance no sólo el aprobado, sino también el excelente con un relativo poco esfuerzo, una comprensión casi instantánea de los conceptos mientras escuchaba las explicaciones en clase e incluso respuestas originales e innovadoras a las preguntas de los docentes. Sin embargo, mientras gozaba de un éxito rotundo en las clases, abandonaba poco a poco estas otras competencias transversales imprescindibles en la vida, pensando (muy ingenuamente) que las cosas realmente importantes de la vida, aquellas que se dan en el mundo adulto, funcionaban de forma análoga a cómo, por ejemplo, preparaba un examen.

La vida en realidad, como todos sabemos, y no hace falta ser superdotado para descubrirlo, no se reduce a un conjunto de «pruebas» que podemos estudiar y preparar, con unos contenidos predeterminados, unas formas de responder «correctas» y un tiempo concreto para hacerlo. Más bien es un continuo de momentos y oportunidades difusas donde muchas veces no tienes preparación previa y donde el organizador debes ser necesariamente tú.

La actitud, la intuición e incluso el instinto es lo que guía en última instancia nuestra actuación; y no es que la preparación teórica y académica no sea un elemento importante, es que simplemente es insuficiente.

Además, en mi caso, cuanto mejor me iban las cosas a nivel educativo y formativo, más confiado me volvía, y más despreciaba esa intuición y espontaneidad naturales que muchos de mis compañeros iban desarrollando progresivamente. Yo, erróneamente, identificaba la impulsividad de los demás como uno defecto, como una forma «infantil» y equivocada de plantear las prioridades en la vida, un camino incorrecto que les llevaría irremediablemente a la catástrofe. ¡Ya se lo encontrarán!, pensaba.

Y seguramente fue así en una parte de los casos, no niego que el autocontrol es de hecho un plus en muchas situaciones. Permite una actuación reflexiva y meditada. Sin embargo, muchos de estos compañeros y compañeras cuyas formas yo criticaba, sé que han gozado de una vida relajada, feliz y de relativo éxito personal.

Tiene sentido, durante toda nuestra infancia, sobre todo dependiendo de qué circunstancias familiares tenemos, pero también de la escuela, la calle, los medios de comunicación e incluso los dibujos animados, nos hacemos eco de la necesidad de esta educación formal, conceptual, memorística, guiada y programada que, inevitablemente, inhibe nuestros instintos y comportamientos innatos básicos.

Como biólogo, conocedor de la genética, la evolución y la etología humana, sé que la única explicación válida de por qué existen algunos comportamientos innatos o genéticamente programados que no podemos atribuir a otros factores como el azar, y que no parecen a priori favorables para el individuo, es porque de hecho sí son útiles para nuestra supervivencia, o lo han sido en algún momento de nuestra historia evolutiva.

Si no, los individuos que inicialmente los adquirieran (mutación, recombinación, etc.) no hubieran sobrevivido, o no hubieran proliferado tanto como otras versiones anteriores o alternativas de estos comportamientos.

Esto es la selección natural. Por tanto, todo lo que define actualmente la condición humana ha tenido que ser «seleccionado» en algún momento de nuestro pasado; quiero decir, que ha sido beneficioso para los individuos que lo incorporaban, permitiéndoles tener ventaja en algún aspecto concreto respecto sus compañeros de especie, facilitándoles la supervivencia, la permanencia y, finalmente, el éxito reproductivo.

En casa, los familiares, fundamentalmente los padres, los proveedores económicos del hogar y tutores-instructores, también en algunos casos continúan este «trabajo» de pulido de los comportamientos y actitudes de los niños (inhibición, me refiero). Es cierto que dentro de la dinámica familiar, al igual que ocurre con una sociedad sin importar la escalera con la que trabajamos, es necesario, y adecuado yo diría, dar a los jóvenes unas directrices que hagan posible la convivencia y el movimiento de los grupos de forma modular (clases, promociones, colectivos), lo que a mí se me daba bien, vaya. Esto permite mantener a los grupos humanos cohesionados y funcionales.

No podemos olvidar los valores, ese conjunto de creencias y principios que, como una columna determinan y sostienen todo el abanico etológico humano. Los valores son como los axiomas del comportamiento humano, e, igual que lo axiomas, indemostrables, intuitivos y aceptados individualmente de forma arbitraria.

¿Son quizá los padres que tanto glorifican la estricta nutrición racional, a la vez que condenan éste comportamiento intuitivo e innato, ajenos a este escenario? ¿Puede que ellos en su vida adulta no hayan participado de este conjunto de habilidades para conseguir independizarse? para encontrar trabajo? para seducir a la pareja?

Teniendo en cuenta todo ello, creemos, como veremos más adelante, que existe en la práctica un margen para hacer posible una educación basada en valores y apoyada en el esfuerzo, la responsabilidad y los resultados, manteniendo los instintos y tendencias naturales de las personas. (aquellas que, recordemos, sabemos que son ventajosas para lograr bienestar en la vida de alguna forma). Ambas tendencias son, más que realidades opuestas, complementos de una educación sintética e integral y, como detallaremos más adelante, se precisa de su correcta intercalación y alternancia para garantizar un correcto desarrollo humano. Esto sucede normalmente durante la adolescencia. A todos nos suena.

Es curioso cómo los humanos nos esforzamos por mostrar siempre una cara feliz y amable, o al menos resolutiva, de forma pública. Por supuesto, nos jugamos la vida, a veces literalmente. Paralelamente, podemos llegar a soportar una pesada carga emocional que nos arrastra hacia la tristeza y hacia una tendencia depresiva que acostumbramos a ocultar, muchas veces ignorada incluso también por padres, amigos y pareja. No podemos permitirnos el lujo de estar decaídos cuando acudimos al trabajo, o malhumorados en presencia de los amigos, y, en ocasiones, en algunos casos ni siquiera podemos mostrarnos sensibles o «débiles» de cara a padres y familiares. Estas situaciones de… dependencia emocional, diríamos, están vinculadas con esta anulación de las tendencias personales de cada individuo y agravadas en los casos de una estricta guía o condicionamiento conductual familiar (generalmente por parte de los padres o tutores).

Personalmente, pude optar a varios trabajos y a alguna pareja al inicio de mi edad adulta, a pesar de la gran censura bajo la que había situado mentalmente la espontaneidad y el resto de mis propios instintos más humanos. Desgraciadamente, siempre me sentía solo, triste, perdido e inmaduro. Comparaba mi comportamiento con el de otros chicos que disfrutaban de una soltura y un aparente saber hacer, que yo sólo podía imaginar. Parecía que todo el mundo les hacía caso. Yo, no sentía que gestionaba verdaderamente mi vida. Otros compañeros, como digo, con mucho peor rendimiento académico habían conseguido buenos sueldos y tenían parejas adecuadas. Y es que la adolescencia también va de jerarquía y liderazgo, aunque recomiendo no compararse con nadie, nunca.

Es cierto que las circunstancias del mundo actual son igualmente un gran arrecife dentro de nuestro viaje por el mar de la vida. Son otro factor clave que espolea el malestar emocional. Ya no sólo los referentes de los medios de comunicación, o la moda, también las circunstancias del conjunto de personas con las que nos relacionamos en clase, en el trabajo, en el autobús o en el gimnasio. Por ejemplo, el bullying, en los casos más extremos. Toda persona con la que tenemos contacto es una potencial fuente de malestar mental (toxicidad, como lo llaman algunos modernamente). Y es que el ser humano es un animal social, pero ¡Menudos problemas comporta la sociedad!

Y así, me fui hundiendo y apagando sin que ni siquiera me diera cuenta, evitando mostrar este sufrimiento, y me encerré en mí mismo, y eso me alejó más aun de mis objetivos y a la vez me hizo sufrir más… Pude pedir ayuda, claro, y es lo que siempre recomiendo: pedir ayuda a una persona de plena confianza tan pronto como notamos que perdemos el control y que se nos escapa de las manos todo. Es sin embargo una respuesta complicada de hacer autónomamente si nos encontramos en una situación similar.

En mi caso, no lo hice al principio. Estaba lejos de casa, en un entorno desconocido, con algunos «amigos», con una chica que me gustaba de por medio (cómo no, la chica…), un trabajo que necesitaba con un entorno muy «tóxico» y un carácter un tanto orgulloso (por qué no decirlo también) con la imposibilidad de alejarme de las fuentes de la presión.

Presión, presión, presión y presión hasta que… o sucumbía, e intentabas poner fin como sea a ese insoportable sufrimiento (hecho que los familiares o amigos afines más cercanos deben intentar identificar y socorrer cuanto antes); o bien todo mi ser, la mente entera, terminaría detonando. Sucedió lo segundo.

Por todo lo expuesto hasta aquí, se puede comprender que sea frecuente en la adolescencia sufrir lo que se conoce como «brote psicótico», enmarcado dentro de las enfermedades mentales de la familia de la psicosis, como la esquizofrenia. Digo «frecuente» porque es de las enfermedades con mayor incidencia en este período. Mi experiencia personal, sin embargo, me empuja aquí a reflexionar sobre su realidad y cuestionarlas como enfermedades, al menos en casos como el mío. Me explicaré:

Reconozco haber sufrido una rebeldía o exaltación hiperbólica, para describirla de alguna manera. Reconozco haber sentido una presión inconmensurable. Reconozco haber sentido rabia, angustia, represión, depresión, frustración, sensación de injusticia, la burla del prójimo, el desdén de la doncella, la crítica del mi jefe y la incomprensión de mi madre. Reconozco haber mostrado desorientación, cambio de horarios, cambio de rutinas, cambio en la alimentación, comportamiento errático, cambios de humor, haber gritado y contestado mal también alguna vez… presión y presión sin válvulas de escape.

Y sí, me sentí observado (¡un complot!), claro, con la cara que debía de hacer, la gente que me conocía se debía de quedar mirando desconcertada mi cambio de comportamiento.

Me desbordé y finalmente desistí de todo. Sí, pedí ayuda finalmente, pero, ¿podemos «patologizar» este inusual comportamiento?

A mí me parece un comportamiento completamente lógico, previsible y absolutamente necesario, siempre que se considere y conozca el contexto anterior, claro está. ¿Era mejor el suicidio tal vez? ¿Cómo un comportamiento o unas respuestas innatas, naturales y necesarias para la supervivencia y el bienestar básico humano pueden ser diagnosticadas como enfermedad mental?

De hecho la incidencia de, por ejemplo, la esquizofrenia es tan alta en nuestra especie (un 1% aprox.) que parece que, según el argumento de que si está presente en la especie humana es porque de alguna manera es o ha sido un rasgo beneficioso para sus portadores; que yo me atrevería a afirmar que debe ser de alguna manera un rasgo beneficioso, o al menos, una variante tan válida como otras, aunque sólo sea ​​por el hecho de alejar a los portadores del suicidio y darles una segunda oportunidad. (más tiempo de vida, más oportunidades de reproducirse los portadores, más se extiende el gen o genes de la esquizofrenia [suponiendo que tenga base genética] y alcanza finalmente un porcentaje del 1 % en la población general).

Tengamos en cuenta que algunas enfermedades genéticas como la acondroplasia, una de las más frecuentes, tienen una incidencia del entorno del 0,004%, por lo tanto, parece que un 1% es más que un valor residual.

Aprovechando la ocasión, debo confesar personalmente que mucha de la gente que he conocido diagnosticada de alguna enfermedad mental, son gente inteligente, creativa, sensible y con unas visiones y enfoques de la vida alternativos y muy interesantes. ¿Existe acaso cierta correlación positiva entre una «neurodivergencia» y unas capacidades altas o creativas?

Quizás después de todo la sociedad, estándar si me lo permiten o «normomental», no está siempre del todo calificada o preparada aún para asumir unas variantes de pensamiento o comportamiento disidentes, por muy válidas o adaptativas que puedan ser.

Y yo no niego que el cerebro, como cualquier órgano o parte del cuerpo pueda enfermar. De lo que sospecho es que sea una «descompensación en ciertos neurotransmisores» la explicación real de algunos de estos fenómenos, más cuando un cerebro ha funcionado correctamente toda la vida anterior y posterior a la supuesta crisis.

Además, las respuestas emocionales que involucran el intercambio de neurotransmisores en las sinapsis neuronales son también estimuladas en gran medida, y en última instancia, por las sensaciones e impresiones provenientes de los sentidos, por el metabolismo interno y por la reflexión interior (pensamiento); es decir, que si una persona se encuentra oprimida mentalmente, o así lo siente, tal y como yo me encontraba, es una respuesta natural saltar y enfadarse cuando se ha rebasado el límite o umbral de resistencia personal. Esto es lo que yo sentí y comprendí en mi caso.

Creo una falacia de falsa causa la atribución de estos casos a una enfermedad mental sospechosa (por la frecuencia de aparición) y un mecanismo como es el intercambio sináptico, un proceso tan regulado, tan central y tan multivariante que parece difícil que no fuera deletéreo, o provocara otras alteraciones secundarias en el organismo.

Yo propongo una explicación alternativa. Los simios, nuestros parientes más cercanos, los cuales parece, por cierto, que no sufren de psicosis o esquizofrenia en estado natural; o por ejemplo los monos, de vez en cuando exhiben comportamientos donde algunos individuos crean disturbios y revuelo en la comunidad. Por ejemplo, ¿Quién no recuerda algún documental o ha visto en algún zoológico un chimpancé gritando intensamente, dando golpes con un palo en el tronco de un árbol, corriendo agitando alguna rama, mordiendo a otro individuo, o incluso manifestando un comportamiento errático?

Para mí, estas manifestaciones constituirían un «brote psicótico simiesco». Al menos en humanos así habrían sido diagnosticadas. Para mí, la esquizofrenia y otras enfermedades mentales habrían estado siempre presentes en estos primates, y quizás también en otras especies, como cánidos, félidos, elefantes marinos, etc. Tan sólo han sido llamadas como lo que realmente son: comportamientos, respuestas conductuales a una multitud de estímulos que son respondidos con una actuación adecuada para cada necesidad y que han sido seleccionadas evolutivamente.

Si un mono necesita alimento, puede que muestre un comportamiento de búsqueda, si otro mono la arrebata este sustento, mostrará rabia, si en la época de celo una hembra se exhibe, se mostrará incitante y dominante, y si teme por su vida, hará cualquier cosa necesaria para sobrevivir. Las enfermedades mentales, al menos una parte, insisto, el tipo que yo he experimentado, serían pues el velo tras el que la humanidad esconde sus prejuicios y tabúes sociales.

 Si un comportamiento «extraño» se manifiesta en un grupo natural, diremos en general que es parte de su etología, su conjunto de comportamientos. Pero en la especie humana no es aceptada socialmente cualquier conducta, y decimos entonces que presenta una «enfermedad mental» o «brote psicótico» a un comportamiento cuya explicación natural pondría en entredicho las normas y convenciones sociales de nuestra civilización. Simplemente es un comportamiento molesto, disruptivo, que va en contra de la paz y tranquilidad del conjunto del grupo.

Ya hemos comentado que la inhibición de muchas pulsiones humanas permite mantener la paz, la cohesión social y probablemente también el progreso de la humanidad. (si es que esto existe objetivamente). Una parte de las enfermedades mentales serían la contrapartida, la prenda que se pagaría individualmente por este bienestar colectivo.

Las peleas y trifulcas que protagonizan los animales, como en el caso de un brote psicótico, pueden poner orden en la jerarquía social. Claro, las consecuencias de este hecho pueden ser altamente dramáticas y violentas. Por este motivo, nuestras sociedades «civilizadas» se han decantado por prohibir socialmente este tipo de respuestas. Ahora son enfermedades, y si pretendes alterar la jerarquía social, tendrás que hacerlo de alguna otra forma. Las enfermedades mentales «retan» las estructuras de poder, al menos se manifiestan en ese sentido.

Eso sí, la explicación anterior es cierta si el comportamiento «conflictivo» se muestra individualmente. Si se manifiesta en grupo sí se tolera generalmente, pero en un carácter más solitario es patológico. Sólo hace falta pensar en los disturbios en los campos de fútbol, ​​zonas de ocio nocturno, conciertos, manifestaciones e incluso en las despedidas de soltero/a, por ejemplo. No son considerados comportamientos patológicos, sin excluir que sí puedan ser incluso a veces delictivos.

Sería pues la psicosis o la esquizofrenia una enfermedad individual pero no social (extraño). ¿Recuerdan el bullying? ¿Son enfermos los participantes de la agresión? Quizá alguien contestaría que pueden presentar indicios de psicopatía. El foco tristemente suele ponerse todavía sobre la víctima. Si se enfrenta y se rebela a los agresores puede ser considerada su conducta, con mala suerte, un brote psicótico, ya que los violentos saben ocultar muchas veces su agresión de cara al público y solo se percibe la respuesta desmesurada del agredido.

Sigo pensando que en todo caso es mejor esta respuesta que el suicidio.

Merece la pena observar que, dado que los comportamientos «psicóticos» en grupo están mucho mejor tolerados que los individuales, existe el riesgo de que un grupo de humanos utilice sistemáticamente esta metodología para agredir, aislar y discriminar reiteradamente a otro colectivo humano en inferioridad. Esto constituiría en la práctica un refinado sistema de esclavitud implícito. No podemos descartar el uso del actual sistema de salud mental en este sentido ya que muchas veces es gestionado de forma privada.

Yo pedí ayuda, sí, demasiado tarde; y hubiera agradecido enormemente disponer de alguien que me diera alguna explicación, obtener orientación útil, información real y sentirme comprendido. Éste es el objetivo fundamental de La flor de la vida.

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